Ponte a punto

Hay días que te despiertas y sientes cómo los planetas se han alineado para hacerte feliz. A mí me ocurrió el pasado sábado. Me levanté de la cama y ví que el padre y la criatura estaban jugando, así que con una sonrisa pasé a la cocina donde me dí un homenaje de desayuno relajado. Después me regalaron un planazo: poder ducharme sin prisa, no importaba que tardase más de dos minutos y medio porque ellos estaban a lo suyo. Así que entré en el baño, esa parte de la casa que a diario es una celda de castigo cuando te toca limpiarle, un ring cuando peleas con el enano para que salga del agua de una vez, incluso un cuarto de juegos a distancia cuando tienes que hacer pis acompañada. Pero ese día, no. Estaba ya en ese spa modesto que te había montado, jabonándome la cabeza y sabiendo que ese día sí,  me la voy a poder aclarar sin despistes, me estaba pudiendo duchar sin compaginarlo con la actuación de payaso a través de la mampara para entretener al espectador que habitualmente se está balanceando en la hamaca al otro lado de la cortina de agua. Y en ese momento gozoso, en el que te puedes parar a sentir cómo el agua relaja tu espalda, los ví. ¿Y estos pelos? yo juraría que ayer aquí no estaban, seguro que durante la noche me han abonado las piernas porque sino, no me lo explico. Incomprensiblemente, habían brotado de la noche a la mañana unos pelos acusadores de falta de atención. Intenté hacer memoria pero no recordaba bien cuando fue la última vez que me depilé con cera y no con cuchilla, y como no me acordaba, intenté recordar cuando fue la última vez que me detuve a mirar si me hacía falta depilarme. Nada, tampoco me venía a la memoria. Pero no pasa nada, me dije. Un lapsus lo tiene cualquiera, y esta semana sin falta voy a deshacerme de esos cuatropelos desperdigaos que amenazan con repoblar las piernas, no vaya a ser que la próxima vez que quiera reparar en ellos me parezca ya a la prima de Chewaca. Salí de la ducha y tras secarme, recordé una rutina que hace siglos que dejé aparcada: darme crema hidratante en el cuerpo. Oooohhhh, qué glamour sintieron mis piernas y brazos que bebieron el elixir ansiosos, ávidos de dejar de ser una imitación de piel de lagarto para volver a lucir sedosos y agradecidos. Tengo que procurar hacerlo cada día, pensé. Y tras ese pensamiento, mi subconsciente soltó una carcajada.

Ya fresca y renovada, me sentía guapa. Y para olvidar el chasco de los pelos (que seguro que alguien me había plantado por la noche porque yo sigo jurando que no entiendo cómo me han crecido de un día para otro) decidí ponerme ese vestido de salir, de ir arreglada, (eso sí, con medias tupidas) y que no sabía por qué hace mucho que no me ponía. Pues ese era el día. Pero tampoco. Ni con la faja postparto ni con una estampita de Lourdes en la costura, que no, que no me entraba. Otro misterio sin resolver para la nueva lista que me había creado en la mente, la de “cosas que no entiendo como pueden ser”, que no me valga este vestido que me quedaba espcetacular si sigo usando la misma ropa. Entonces caí en la cuenta, que seguía usando la misma ropa que empecé a usar tras dar a luz. Esa que tenía en el armario de talla gorda intermedia, cuando las redondeces del embarazo me hicieron subir de talla pero sin necesidad de pasar aún a ropa premamá. Y con ella había  seguido, con esos vaqueros que yo digo que se llevan tipo boyfriend como decía Katie Holmes, esos jerseys y camisetas oversize, o como toda la vida se dijo, grandes, y zapato plano porque empujar del carrito es más incómodo con tacones. Pero ya no quería seguir así, así que me planté un look sencillo pero resultón, pregunté al manfriend (lo de boy ya se nos queda un poco pequeño), porque ya comenzaba a cojear esa seguridad que me había acompañado desde el despertar, dió el visto bueno al conjunto de estilismo y salimos a la calle a cambiar de aires. Seguía siendo un buen día.

Llegamos al bar de siempre, en el que nos reunimos cada fin de semana con los amigos a la hora del vermut para charlar y tomar un aperitivo. Irradiaba felicidad, porque era mi día, los astros me lo decían. Hasta que también me dijeron de repente “Vaya cana que tienes ahí, ¿no se la veis?”. Pero ese no era un astro, esa era una amiga del alma que te dice con toda la franqueza inocente del mundo lo que ve, tan sincera como sólo puede ser una amiga. ¿Una cana? ¿donde?. Aquí, mira, ah, que no, que hay más, mira, tienes unas cuantas. No las había visto, claro, me las habrían microinjertado a la vez que la pelusilla de las piernas y las lorzas de la cintura. Tendré que mirarme lo de dormir tan profundo. No dí importancia al comentario, total, cuando me había arreglado por la mañana me ví bien el pelo, aunque  ahora que lo pensaba, no estaba como siempre…

Fuí al baño y eché una mirada furtiva a la chica que estaba en el espejo ¿era yo? ¿hacía cuanto que no me detenía a mirarme? Casi tanto como meses tiene el Miniser. Vale, sí me miro a diario, pero corriendo, lo justo para no salir con pelos de loca, reconozco que la coleta o las horquillas se han vuelto mis mejores amigas. Que ese flequillo tan especial, es el resultado de cinco o seis amagos de ser Llongueras en mi casa, que total, el flequillo me lo corto yo, como en los 90 cuando se llevaba el grunge. Y ya basta.

Barbie gordaBasta de olvidar que soy mujer, de olvidar que tengo que cuidarme y gustarme. Que si las canas son porque me gustan vale, pero si son porque no me he parado a pensar que me hace falta ir a la pelu malo. Que está bien lo de ser natural y no sufrir, pero considero que hay pelos que no deberían estar donde han aparecido, así que tengo que poner remedio. Al final tenía razón, los astros se habían alineado a mi favor, me han ayudado a darme cuenta que me tengo que tener en cuenta.

Ya sé que muchos pensarán que tengo todo el tiempo del mundo para mí, pero no le tengo para mis cosas. Tú que me lees seguro que sabes de lo que hablo cuando digo que hasta la intimidad de sentarte a reciclar tus residuos la compartes con alguien de menos de metro veinte.

Reduciré de vez en cuando la marcha de ser mamá, no digo frenar, sino pasar a la velocidad de mamá también es mujer. Y la gusta estar guapa. Nunca he sido una Barbie ni lo pretendo ser, mis redondeces, legado palpable de una historia plena y feliz me acompañan y se niegan a marcharse, pero eso no quita que me tenga que poner a punto antes de que sea demasiado tarde.

Anuncios

7 pensamientos en “Ponte a punto

  1. En mi caso también tengo a un invitado sentado en su hamaquita mientras mamá se ducha y soy una payasa que pasa más tiempo haciéndole reir entre cortina y cortina que concentrada en la ducha y lavado de pelo ;-).

  2. sacarle tiempo al tiempo para nosotras….?
    eso si que deberiamos llevarlo a rajatabla;nos merecemos un momento……por cierto,tengo que ir a la pelu a teñirme que ya toca!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s