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Viajar con mochila (parte II)

Con este día frío en el que el sol se empeña en recordarme lo que hecho de menos el verano, me da por lamentarme de lo lejos que quedaron ya las vacaciones. Como te contaba en mi primera experiencia turística como mamá primeriza, en aquella ocasión nos pareció fácil viajar con niños, pero el problema fue que pasó el tiempo y se nos fue olvidando…

7m D.M. Nos habíamos enfriado. No habíamos pensado mucho en las vacaciones porque por horarios laborales del Virrey de la casa no teníamos claras las fechas, pero un día, llegó diciendo que tendría la siguiente semana libre y nos liamos la manta a la cabeza. Buscamos destino. Opciones: en España, por si acaso, que es muy pequeño no vaya a pasar algo. Con playa, para disfrutar un poco nosotros. Por el sur, que es Septiembre y en el norte no te aseguras el sol. Conclusión: Cádiz. En la otra puntita justamente de donde vivimos. NO pasa nada. Hacemos el viaje en tramos para que no se canse el Miniser y listo. Una vez decidido el destino, pasamos a la fase de pregón informativo: “Por orden de la necesidad de relajarnos, se hace saber, a abuelos, tíos y demás pegados que no van a ver al Miniser durante la siguiente semana”. ¡Horror!, los días que quedaron hasta nuestra salida fueron un torbellino de visitas, reproches por irnos tan lejos (como si Cádiz fuera la Tercera Dimensión) y repetidas recomendaciones que terminé por no oír, como todo lo anterior. Nosotros a lo nuestro.

Aquí la operación maleta fue más sencilla. De ropa lo justo, que además íbamos de apartamento y en un momento dado se puede lavar y ya está. Pañales contados, ya compraremos al llegar allí que el precio no será muy diferente y los que sobren los traemos, que en una semana no va a cambiar de talla (nosotros seguro que sí). Biberones, esto era nuevo, porque en el viaje anterior estábamos aún en la fase vampírica, se alimentaba de la leche que me absorbía, pero ahora ya habíamos pasado a la fase botellón-puchero, alternando biberones con purés y frutas, así que la infraestructura alimentaria era mayor. Resumen: maletas con bañadores, unas mudas y cuatro trapos, y la sección de puericultura y alimentación infantil de cualquier Carrefour al completo. Eso sí, sin cuna de viaje, que no era la primera vez que viajábamos, oye.

Rumbo al sur. Primera parada Valladolid. Tramo de apenas dos horas para entrar en calor y de paso visitar a unos amigos. Comida en una bodega excelente cerca de Cigales y caminito para Salamanca. Como seguimos siendo mochileros de corazón, quisimos apañar la aventura a este viaje, así que teníamos pensado hacer noche en Salamanca pero no habíamos buscado hotel. ¡Mujer, cómo no va a haber un hotel disponible en Salamanca!. Pues no, no lo había. Nuestro instinto fiestero nos traicionó y nos había guiado a Salamanca en pleno fin de semana de su fiesta mayor. Así que allí nos plantamos, buscando donde dormir en mitad de un ambientillo que nuestra faceta adolescente agradecía disfrutar. Como casi todo en la vida, con dinero de por medio se arregla, y la noche salmantina nos salió por un ojo de la cara, pero bueno, es lo que tiene el riesgo de ir sin reservas, que suele ser un riesgo caro. Con un ojo menos pero con cama disponible, nos adentramos en la marabunta de la Plaza Mayor. Cena, copa, paseíto, y cierta nostalgia al atravesar la calle de los pubs sub-veinte al regresar al hotel. Mañana será otro día.

Y lo fue. Segundo tramo: Salamanca-Mérida. En nuestro planteamiento vacacional, como nos parecía demasiado ir hasta Cádiz sin parar, habíamos decidido hacer noche en Mérida, pero para esta ocasión, sí habíamos reservado hotel. Un apartamento coqueto, de excelente calidad y trato. No sé si fue que veníamos de una masificación de gente, o que hacía demasiado calor para salir a la calle, pero lo cierto es que al llegar a Mérida, a la hora de comer, parecíamos los únicos habitantes de la tierra. Aunque hacía calor, quisimos aprovechar y conocer el casco histórico de la ciudad. Carrito en manos y sombrilla preparada, nos plantamos en la puerta del conjunto histórico romano.

Perdón, ¿para ver el recinto, se puede con carrito de bebe?, Meeeecccc, error. Nunca preguntes al de la taquilla si le ves cara de amargado.

Si, sin problema.

Sacamos las entradas e intentamos seguir el camino marcado para Movilidad Reducida. No creo que muchas personas en estas condiciones puedan disfrutar del conjunto, porque lo que es accesible, accesible, no es. Intentamos que la sillita hiciera como un Transformer, nos inventamos a puro huevo como pudimos la tracción 4×4, y tiramos del recurso míralo tu y luego voy yo. Pero bueno, pasamos una agradable tarde de cuarenta grados sin sombra subiendo y bajando piedras para que al salir, nos indicaran que había una preciosa visita nocturna y encima, más barata. ¡Qué se le va a hacer!, las penas mojadas son menos penas, así que nos fuimos a tomar una caña para pasar el mal trago.

Según se oscurecía el cielo, la vida resurgía, y las plazas se fueron animando a medida que el calor daba una tregua. Mala elección para la cena, el sitio equivocado y la carne para olvidar. Paseo nocturno para refrescar el humor y terracita de treinteañeros para despedir la ciudad con buen sabor de boca.

Tal vez, en este relato te estés preguntando dónde está el Miniser. En todo momento a nuestro lado, o en nuestro brazo, observando, riéndo, durmiendo. Quedaba una semana, crucemos los dedos.

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