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Perdido

He tenido mi primer vuelco de corazón por pensar que había perdido al niño. Un angustioso minuto y medio en el que el pulso se aceleraba a cada segundo.  No le veía, no le oía. Se había esfumado y no sabía cómo había podido suceder. Una situación de pánico que había oído de boca de otras madres, como una leyenda urbana, pero que ayer sufrí en mi propia piel, y vergonzosamente…en mi propia casa.

Sí, en casa. No fue una pérdida en un gran hipermercado, ni en una calle tumultuosa, ni siquiera en un parque pequeño pero con diabólicos escondites para los más pequeños, no. Fue en los escasos setenta y pocos metros de mi hogar. Una sola planta, dos habitaciones, y soy incapaz de encontrar al Miniser.

Todo ocurrió durante la mañana, mientras tendía la ropa. El estaba sentado en el suelo, a mi lado, jugando con el cesto de pinzas y yo haciéndole creer que me ayudaba con la tarea. Tras recoger unas prendas que ya estaban secas, fuí a mi habitación para guardarlas en los cajones. ¿Qué tardé? ¿un minuto? ¿medio?, no lo sé, pero o fué más tiempo del que a mí me parecía o tengo un Sputnik en miniatura. El caso es que al regresar a la cocina (veáse, atravesar un pasillo de apenas tres metros) el Miniser ya no estaba donde yo le había dejado. Miré a mi alrededor, detrás de la puerta. Nada. Giré sobre mis pasos y me dirigía al salón, mientras cantaba su nombre. Tampoco estaba. ¡Cómo has corrido!, le decía yo al aire mientras iba hacia su habitación. Y tampoco, allí tampoco estaba. Ni en el baño que está en el pasillo.

Seguía gritando su nombre entre interrogantes y melodías, pero no le veía, no le oía. Noté que la preocupación aumentaba mi presión arterial cuando la frase ¿pero amor, dónde estás? se repetía una y otra vez. Claro, que si en una de esas repeticiones hubiera contestado ¡Estoy aquí! o algo por el estilo entonces sí que me hubiera desmayado, porque a una semana de cumplir los once meses no le sacas de papa, pan y poco más.

Entre nerviosa y avergonzada regresé a mi habitación. Rodilla en suelo miré debajo de la cama y en los cajones donde había guardado la ropa, por si acaso en un despiste le confundí con un calcetín, pero no estaba. Rehice el camino recorrido de nuevo y a la inversa: habitación, salón, cocina, baño, laotrahabitación, baño, salón.. Entre risas nerviosas a punto estuve de coger el teléfono, pero si no lo hice fue porque dudaba si llamar a la guardia civil o a Iker Jiménez, ¿se habría adentrado en un triángulo como el de las Bermudas?. Creo firmemente que en todas las casas hay una zona con esa peculiaridad, donde las cosas desaparecen sin dejar rastro, porque en todos los hogares que conozco siempre hay objetos que cuando alguien pregunta ¿dónde esta…? el resto de la familia responde “y yo que sé”, “yo no lo he visto”, “ni idea”, e incomprensiblemente, ese objeto desaparece para siempre, como si se le hubiera tragado la tierra. También hay otra zona cero que en vez de hacer desaparecer objetos los rompe, sin que nadie les haya tocado antes, pero de esa podemos hablar otro día.

Cuando ya me encontraba al borde de la estupefacción, y comenzando a ponerme nerviosa de verdad, de verdad de la buena, en mitad del silencio reinante (que para más guasa esa mañana aún no había puesto música como de costumbre y la ausencia de sonidos creaba un ambiente más tenso todavía), en la plenitud de ese silencio, oí un tac. Tac, tac. Muy leve, pero audible. Lo reconocí. Rápidamente en tres pasos, tres pasos literales, me planté en el baño que hay dentro de mi habitación. Encendí la luz y sí, allí estaba el Miniser, de pié apoyado en el bidé, intentando levantar la tapa. ¿Cómo podía haber llegado allí si tuvo que pasar delante de mí y no lo había visto?¿Cómo podía haber estado todo ese tiempo a oscuras sin hacer el mínimo ruido, cuando siempre grita al no ver luz? ¿Cómo no me había dado por mirar en ese baño (te preguntarás tú)?, pues la verdad es que tienes razón, pero no pensé que estuviera allí porque no le había visto pasar gateando , no le debería haber dado tiempo a llegar desde la cocina, no le gusta estar a oscuras, no se me ocurrió. Pero ahora, que ya soy una madre desastre titulada con diploma de vergüenza en mi primera perdida de hijo, ahora, ya sé que cuando un niño no está a la vista y no se le oye, puede estar en el sitio más insospechado.