Cotillon VIP

Ya pasó la primera Nochevieja juntos. Su primera transición de año. Y todo, todo, fue lo contrario a lo que esperaba…

La cena en casa de los contrarios fue menos traumática de lo que me imaginé. La comida perfecta, tal vez porque yo no aporté nada, toda la preocupación que tenía en este tema la tiré en un klinex durante la semana de sinusitis/otitis. La compañía agradable, no caóticamente entrañable como mi familia, pero estuvo bien. A la hora fatídica de tomar las uvas, me sentí un poco abandonada allí, de pie sola mientras los demás estaban sentados y algunos con las uvas ya terminadas desde menos diez, pero me dió igual y cumplí con mis rituales absurdos pero que forman parte de mí. Besos, brindis, un ratito de charla y a la calle.

Mis cuñados iban a un cotillón casero en un bar de mi barrio. Los abuelos, para casa. Y nosotros pensábamos pasar a saludar a mi familia (que vive a 150 metros del bar que os comento) y tras dejar al Miniser en el jolgorio bajar a tomar una copichuela con los cuñados y resto de amigos. Pero no fue así. Nos surgió una invitación a un cotillón VIP.

Era un lugar peculiar, con mucha iluminación. No hacía falta etiqueta, es más, muchos de los invitados iban en pijama y zapatillas. Lo que había era poca conversación. Y es que, el cotillón al que acudimos fue en urgencias del hospital. No sé si fue por calor, por algo que comió o por el pijama de Papa Noel que estrenaba y con el que estaba monísimo, por cierto, pero el caso es que aquí al pequeñín le salió una urticaria por todo el cuerpo que parecía un Ferrero Roche con traje rojo. Allí que tuvimos que ir, a las dos de la mañana, y tras cinco horas de espera, regresamos a casa con una inyección de antihistamínico y más cansancio que si hubiéramos estado en la fiesta de un Pachá.

Mientras des-esperábamos en la sala del hospital, pensé en cómo habían cambiado mis nocheviejas, allí sentada, con la pestaña pintada riéndonos de la nueva entrada de año porque eso sí, hay que empezar con buen humor. Por eso sacamos la parte positiva y pensamos “vaya cómo va a salir este niño, que en su primera Nochevieja llega a las siete de la mañana a casa, ¿qué hará cuando tenga 16?”

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